No sé
El doctor asintió satisfecho con su trabajo. Había sido una tarde bastante larga. La operación resultó más compleja de lo anticipado, pero sus esfuerzos se vieron adecuadamente recompensados. El sujeto se encontraba en estado de shock. Sus conexiones neuronales se estaban restableciendo a una velocidad sobresaliente. —Da—. Dijo el desgraciado. Sería completamente incapaz de encontrarse la kilométrica napia que tiene aunque quisiera rascársela. El doctor le pellizcó un brazo a la abominación. La pantalla mostró unos datos muy interesantes. Su cerebro estaba reaccionando al dolor, pero no su cuerpo. Podría reventarle la rodilla a martillazos y no levantaría ni un dedo, al menos por el momento, pero sentiría un dolor inimaginable. Pero, ¿Qué más daba si se resistía? Bastaba con apagar La Máquina y la criatura se ahogaría en cuestión de segundos. No podía respirar mientras dormía. Aun así el doctor tardó en dar el paso. Finalmente, decidido terminar su creación, el doctor le quitó la mascarilla y la sustituyó rápidamente por un tubo hasta la garganta. La mascarilla le molestaba. Necesitaba trabajar directamente con... con La Cosa. Se había resistido a mirarlo. Sabía que era peligroso. Tenía poder. Cuando fue a alcanzar la maquinilla se cortó con una tijera desafortunadamente colocada. El dolor le hizo olvidarse de las precauciones.
Al verlo el doctor murió.
—Daaaa—. La abominación echó una carcajada estúpida. Todavía no podía concebir la realidad como tal, lo percibía todo como si de un bebé se tratase, completamente incapaz de almacenar recuerdo alguno. Convulsionó ligeramente cuando su cuerpo adquirió la capacidad de reaccionar al dolor y se dio cuenta de que tenía un tubo en la garganta. Se lo quitó en seguida y fue consciente. Consciente del mundo. Fue como nacer, pero raro. Se tocó la cara. Buscó sus ojos, pero fue en vano. —Así que era eso—. Intentó sonreír con tristeza, pero su boca carecía de músculos. —¿Cuál fue el precio de esta locura?—. Fue la primera persona del mundo en estornudar de rabia. Se cayó al suelo intentando levantarse, pero algo amortiguó su caída. Parecía gelatinoso. No se hizo preguntas al respecto, no era filósofo. Tanteó la habitación a gatas hasta encontrar una puerta. Al abrirla una corriente de aire le golpeó en la cara. Una mujer emitió un grito ahogado, pero dejó de escucharse enseguida. Sonidos de golpes, accidentes y ladridos llenaron el lugar. Los ladridos, por algún motivo, eran los únicos que persistían. —¿Y tú quién eres?—. No esperaba una pregunta entre tanta incertidumbre. La abominación se encogió los hombros, no podía hablar. —Entiendo. Somos parecidos entonces. Bueno, yo soy mejor—. No le entendió del todo, pero era la única voz que había escuchado en su vida. —Deberías afeitarte ese bigote, estás eliminando a los mortales del plano existencial. Lo dejan todo perdido, es asqueroso—. La abominación estornudó de sorpresa. Ahora entendía los gritos, pero... Giró su cabeza hacia la pequeña criatura que le estaba mordiendo el tobillo. —Los perros no entienden lo que es un bigote—. Y como si aquello respondiese todas las preguntas, la voz empezó a alejarse. La abominación le siguió inconscientemente, como si fuese la única cosa que pudiera hacer. El perro que antes le mordía el tobillo, le siguió de cerca gruñendo, meneando tímidamente la cola.
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