Muchachas (1909)


Georges Henri Rouault (París, 27/05/1871 – París, 13/02/1958) fue un pintor por muchos calificado de expresionista, a pesar de sus claras diferencias para con el movimiento, aceptándolo como una especie de «excepción que confirma la regla»[1]. Su infancia pobre y su trabajo como aprendiz de un pintor de vidrio policromado son datos que pueden llevar a conclusiones curiosas y no menos interesantes, como el porqué del aspecto de vidriera en algunos de sus famosos cuadros, pero eso es materia de otra clase de análisis.[2] No obstante, un lugar recomendable donde comenzar una investigación personal sobre la vida de este artista sería la página web de la Fondation Georges Rouault, escrita en francés, en la que se introduce a cualquier usuario tanto a la biografía como a las obras del autor, las cuales se dividen convenientemente en cuatro categorías: le cirque, le Christ, les nus et paysages.

Como ya se ha mencionado, a Rouault se lo adscribe habitualmente al expresionismo, aunque tras un par de fracasos en concursos de pintura de cierto renombre, vaticinó su maestro, Moreau, que a Rouault le correspondía una carrera solitaria al margen de las convenciones del momento. Tras la muerte de Moreau, el pintor decide centrarse en la representación de la miseria humana. Rouault se decide por un estilo diferente, «en coherencia con sus nuevos motivos, su estilo pierde corrección formal y gana intensidad expresiva: un cambio muy comprometido para un pintor que había alcanzado un notable éxito con sus primeras composiciones de tema religioso y que le acarrearía la acusación de “desperdiciar sus dotes y hundirse en la fealdad”»[3]. De esta pretendida fealdad habla el propio Rouault en su libro Sobre el arte y sobre la vida.

Esa pretendida fealdad es una etapa, un instante en mi búsqueda, quizá haya sido demasiado objetivo. Esto me sucedió, yo [simplemente] estaba allí, pero no soy de ese tipo de gente prudente, excesivamente hábil, que nunca comete un error. ¿Fui demasiado lejos?, ¡quizá sí! Sin embargo, «toda rebelión puede orientarse hacia el amor». Mis más espantosos grotescos, [aunque] hubiera pintado sus pobres caras de crucificados con «vitriolo», lo hice sin ninguna intención preconcebida ni literaria, y siempre me ha sorprendido ver cuánto se inventariaba, investigaba o se pasaba por alto, en el nombre de no sé qué dogma social o moral, cosas que se pretenden despreciar y a las que por tanto, convendría no dar tanta importancia, sino decir más bien como de aquel célebre pintor que citaba Lhote: «¿Rouault?, de él ya no se habla». Esto sería más justo, de hecho. Sin embargo, yo fui el primer sorprendido al ver que se me daba, a la larga, mucha más importancia de la que jamás hubiera osado suponer. A continuación mi caso se ha agravado; a medida que he penetrado mejor en el corazón de mi pasión pictórica, he experimentado la forma más sobria y severa, el esfuerzo por dar más desprendidamente. Es en este sentido en el que yo entiendo un esfuerzo religioso, ya que el rostro humano, en el momento en el que no representaba para algunos más que el tipo de retrato oficial de salón, y para otros [entrañaba] poco interés, yo lo sentía como una fuente infinita de medios de expresión de una riqueza incomparable.[4]

Esta explicación de lo que significaba para él esta época de su creación artística conseguiría más tarde que la crítica lo aclamase como «un justiciero» que denuncia los vicios y malignidades de la sociedad de la época con sus cuadros. Sin embargo, Rouault, que nunca aceptó semejante galardón, «no juzga a sus personajes ni se burla de su penosa situación; tampoco pretende mostrar su carácter moderno o violentar la moral burguesa representando con audacia un motivo procaz. Convencido de que “en el fondo de los ojos de la criatura más hostil, ingrata o impura, Jesús mora”, el pintor se compadece, en el sentido literal del término, de estos seres maltratados: Como dijera el crítico Louis Vauxcelles, «cuando Rouault pinta una prostituta “no se regocija cruelmente, como Toulouse-Lautrec, del vicio que exalta la criatura: sufre y llora por él”».[5] Así pues, lo que caracteriza finalmente a la obra de Rouault es la piedad. Incluso aquellas figuras monstruosas que es capaz de evocar un pincel en sus manos merecen el perdón y la compasión. Rouault no trata de componer algo que nos de miedo per sé, sino el propio sufrimiento de aquellos que se han dado a una vida de vicio pecaminoso.
La obra que vamos a analizar se trata de Muchachas (1909). Esta obra representa, como corresponde con la etapa arriba descrita, la visión que tenía Rouault sobre las prostitutas, un acercamiento hacia el vicio y la obscenidad. «Uno de los estudiosos de la obra de Rouault, el crítico Bernard Dorival, escribiría acerca de la intensidad de imágenes como ésta: “Todo lo que representaba la puta para Rouault -la más baja deshonra, la obscenidad más bestial, la alienación del espíritu en la materia, la tentación, el pecado, pero, también, el dolor y la vergüenza- lo tradujo en sus cuerpos repugnantes y en sus aún peores rostros”».[6] A Rouault solo le interesaban los temas relacionados con la humanidad. Representa con fervor religioso a aquellos que se alejan de los caminos de Dios y los tematiza en sus obras como monstruos, entes inhumanos o seres trágicos, «cuya mirada de sufrimiento y amor es la misma del hombre doliente que, no obstante, implora y espera a pesar de todo».[7] Ejemplo de ello son obras como Los tres jueces (1913), Pierrot blanco (1911) o Payaso trágico (1912).[8] Para él, «[s]i los estigmas del vicio causan estragos en la carne de las jóvenes, los de la vanidad pueden leerse en los estúpidos semblantes de los profesores, otro tema predilecto de Rouault, que capta todavía con mayor violencia el egoísmo, la suficiencia, la soberbia, la crueldad y la hipocresía de los ricos, a los cuales presenta saturados de esos vicios, obscenos, repugnantes, horribles ¿Por qué extrañarse entonces de que la sociedad en la cual predominan los soberbios sea dura con los débiles, con esos pobres para quienes reserva todo el tesoro de su ternura?».[9] No son, por tanto, los poderosos, los ricos y pudientes los que merecen la piedad dimanada de su pincel. No siente compasión por aquellos que han tenido la vida fácil y se han dado, a pesar de todo, a los vicios más reprochables. «Mi padre era obrero», solía decir con convicción a cualquiera que le preguntase, y se burlaba con sorna de aquellos que buscaban corregirle, que querían hacerle ver que su padre no era obrero, sino empleado. Pero para él ello hubiera supuesto deshonrar no solo a su padre, sino «a san José, carpintero, y a su aprendiz, el Niño Jesús».[10]

Pero ¿por qué es esto relevante para entender Muchachas? Tal vez mi respuesta no satisfaga las curiosas mentes de aquellos que hayan tenido una formación artística profunda, no soy historiador del arte ni nunca, hasta ahora, me he interesado tanto por un artista, pero me parece claro que es esencial entender la visión de Rouault de los estratos más elevados de la sociedad para poder lanzar una apreciación de su visión de los más bajos y castigados. Criticando implacablemente a aquellos que han escogido el pecado cuando han podido vivir honradamente, Rouault perdona a aquellos que viven sumidos en él y que no han tenido otra opción. Los critica, sí, pero los perdona al fin y al cabo.
Escribir sobre el arte, hablar de pintura, es una terrible tarea que muchos críticos practican con facilidad. Sin embargo, a veces confunden todos los valores, se burlan de las jerarquías secretas, si se me permite expresarme de esta forma. Vais a escribir sobre mí: os lo ruego, hablad de mi pintura, pero de su fiel servidor no digáis nada, o poca cosa. La pintura no es para mí sino un medio como cualquier otro para olvidar la vida y si siempre he rehusado hablar, es porque nuestra lengua es forma, color y armonía. Sin soberbia, he tenido mi recompensa ¿a qué viene ahora hablar, explicar, disculparse y juzgar lo ajeno? Que me condenen o que me absuelvan, misericordia, ¿qué puedo hacer? No habléis de mí sino para exaltar el arte: no me erijáis como la tea humeante de la revuelta y la negación, lo que yo hago no es nada, no me deis tanta importancia. Un grito en la noche. Un sollozo frustrado. Una risa estrangulada. En el mundo, todos los días miles y miles de necesitados que valen mucho más que yo, mueren en el empeño. Soy el amigo silencioso de aquéllos que se afligen en el surco profundo, soy la hiedra de la miseria eterna que se adhiere al muro leproso tras el que la humanidad rebelde oculta sus vicios y sus virtudes. Cristiano, yo no creo, en tiempos tan azarosos, más que en Jesús en la Cruz. Cristiano de tiempos antiguos.[11]

Dorival, Bernard (1963). I Pintores del siglo XX de la escuela de París. Barcelona: Garriga, S.A.
García-Bermejo, José María (1996). Rouault. Madrid: Polígrafa, S.A.
Rouault, Georges (2007). Sobre el arte y sobre la vida. Navarra: Universidad de Navarra, S.A.
Vollard, Ambroise (2014). Retratos: de Cézanne a Picasso. Madrid: Casimiro libros.


[1] Dorival, 1963
[2] Para aquel ávido e intrépido lector que quisiera indagar más en este tema de gran interés, le recomiendo personalmente leer la obra del marchante de arte Ambroise Vollard Retratos: de Cézanne a Picasso. Esta obra no está centrada en Rouault, sin embargo, se dedica en ella un pequeño capítulo de alrededor de tres páginas a un conjunto de anécdotas que tiene el marchante con el artista y que ilustran algunos aspectos de su obra.
[3] García-Bermejo, 1996
[4] Rouault, 2007
[5] García-Bermejo, 1996
[6] Íbid.
[7] Dorival, 1963
[8] El caso de Pierrot blanco resulta paradigmático, siendo este representado por numerosos artistas que evocan la figura del clown o arlequín en diferentes facetas, representando con este símbolo arquetípico la comedia que surge de la tragedia.
[10] Vollard, 2014
[11] Rouault, 2007

Comentarios

Entradas populares de este blog

Mentol Fuerte

Cometo faltas de orticultura