Muchas de las estrellas que ves en el cielo por la noche están muertas.
Era un día soleado, sí sí, muy soleado desde luego. El sol no podía brillar más, por eso era soleado y no nublado. Soleado y nada más. Un barco pululaba por las furiosas aguas de un océano perdido como alma que lleva el diablo. Las embravecidas olas del antagónico océano golpeteaban contra la base del barco esperando romperlo, esperando dañarlo. Sin embargo su estructura estaba compuesta de poderosa madera de calidad media adsequible en cualquier supermercado más o menos bien equipado. La madera resistía con todas sus fuerzas los infernales envites del océano y el mismo no cesaba de atacar esperando dañar la estructura del barco. Un combate entre dos titanes que se odiaban mutuamente. Dos fuerzas que estaban destinadas a luchar eternamente, por los siglos de los siglos o hasta que aquel barco fuera destrozado y convertido en una veintena de urinarios portátiles. En la cubierta el capitán miraba hacia el horizonte, al menos hacia uno de ellos, y bramaba con alegría -Tierra a la vista, a...