Ahora sé alemán, pero eso no tiene nada que ver con esta historia.


José tenía un libro, un libro que le resultaba muy agradable. No era en absoluto difícil, salvando quizá un par de páginas en las que se manejaban términos inaccesibles sin el apoyo de un diccionario. El libro se titulaba “Catálogo de ensaladeras Vol. III”. José lo encontró un día mientras revolvía el desván de su casa. Nadie, ni siquiera José, supo nunca qué había sido de los otros dos volúmenes. Lo único relevante era que José tenía uno y era el tercero de una indeterminada lista. A veces la sombra de la duda oscurecía su rostro. Se preguntaba si, tal vez, solo tal vez, al abrir aquel viejo volumen, apalizado por pequeñas células de polillas disidentes, estaría ultrajando la memoria de sus queridas ensaladeras al no conocer a sus madres ni abuelas, las ensaladeras antepasadas. En infinidad de ocasiones se había preguntado cómo serían aquellos volúmenes perdidos y, al hacerlo, en su cabeza adquirían misteriosas siluetas ovaladas, atractivas, prohibidas, y cuando esto ocurría, se llenaban sus ojos de lágrimas, estiraba sus brazos mientras miraba en dirección a la cocina y suplicaba, suplicaba por su perdón. —Oh, ensaladeras —solía comenzar—. Perdonadme, amadas mías, por lo que estoy a punto de hacer—. Y con aquella disculpa escasamente redentora, acometía su diaria tarea, tarea autoimpuesta, de abrir el libro por el índice, buscar el capítulo en el que se había quedado el día anterior y continuar con su lectura. Pero, como cada día, mientras su dedo bajaba por las categorías paginadas de ensaladeras modernas, sus sentimientos de culpabilidad quedaban relegados a un segundo plano. Se evaporaban su desesperación y sus dudas, sus ideas y lamentaciones, y solo quedaban en su mente las ensaladeras cuyas fotos llenaban aquel libro.

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